24 de enero de 2016

Angelus Custos: El Falso Profeta (Versión Kindle)



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"En medio de un mundo donde las sombras de la oscuridad buscan imponer su supremacía sobre los resquicios de luz, una serie de tenaces guerreros, heroicos en ocasiones, crueles en otras, envolverán súbitamente la vida de Zoe, forzándola a unirse a un ejército únicamente conocido en las ancestrales escrituras.

La defensa del bien, la fuerza de la amistad y un amor imposible, marcarán sus pasos exigiendo una firmeza, frialdad y madurez hasta entonces desconocidas para ella. Cielo e Infierno mostrarán a los humanos sus inmemoriales secretos para obtener la victoria en una guerra donde la acción, la aventura y el peligro nunca cesan".


17 de enero de 2016

Angelus Custos: el Falso Profeta.


Hay quien cree que con la muerte llega la paz, porque no es necesario preocuparse por vivir cuando has abandonado el mundo dominado por la maldad humana.

Hay quien cree que las peores batallas tienen lugar en la tierra. Yo sé que sí, pero no las encabezan los vivos.
La victoria de la guerra más sangrienta se debate entre el cielo y el infierno.

Hay quien cree que la muerte supone el final de todo, que tras ella sólo hay vacío.

Me habría gustado vivir pensando que cuando mi corazón diese su último latido, todo habría terminado y que ya, este mundo, quedaría atrás.

Sin embargo yo conozco la verdad y sé, que la auténtica vida, comienza después de la muerte…



Capítulo l: encuentro en el avión.

- ¡Ruth! ¡Corre que no llego!

- ¡Ya voy! Ufff… ¿Pero qué llevas en esta maleta?

Ruth y yo corríamos precipitadamente entre la multitud del aeropuerto. Yo llevaba el estuche con los enseres de baño en una mano y el bolso, el billete y el pasaporte en la otra. Mi hermana iba dando traspiés tras de mí. La había cargado con la única maleta que llevaba y la verdad es que pesaba bastante.

Como siempre, habíamos dejado todo para última hora. Fallo mío. Debería conocer ya de sobra la parsimonia con la que Ruth se toma la vida. Temblé el día que dijo que quería acompañarme al aeropuerto.

- ¡Iré contigo! Te llevaré la maleta, me despediré con dos grandes besos, derramaré alguna lagrimita, veré como despega tu avión, volveré a casa y… ¡Haré una gran fiesta con mis amigas! Es la despedida ideal.

- ¡Ruth! Nada de fiestas en mi ausencia. Ten mucho cuidado con lo que haces. Ya le he dicho a Frida que te vigile.

- ¿Qué? ¿Te fías más de la vecina vieja que de mí?

- A ver déjame que lo piense… hmmm… Por supuesto que sí.

Me miró con gesto enfadado y estuvo sin hablarme todo el día. No soporta que ejerza el papel de adulto, pero no puedo evitarlo. A fin de cuentas soy la mayor. 

Como noté que ignoraba todas mis explicacio- nes, le dejé una nota pegada en la nevera donde le indicaba cada uno de los pasos que debía seguir durante el tiempo que estuviera fuera. Cosas tan sencillas como “cierra con llave la puerta antes de irte a dormir”, “descongela la comida la noche antes”, “limpia la casa”, “saca la basura”, “estudia que para eso trabajo”. En fin, las cosas normales que se dicen a una adolescente de quince años.

Facturé la maleta mientras la peque (como me gusta llamarla) recuperaba el aliento tirada en el suelo, secándose las pequeñas gotas de sudor de la frente y farfullando palabras incomprensibles. Imagino que, lamentándose de haberme seguido hasta allí.

Se hacía tarde. Tenía que subir al avión sin más demora.

Nos despedimos con un fuerte abrazo frente a la zona de control policial. Pese a nuestras trifulcas nos queremos con locura. Sólo nos tenemos la una a la otra, por eso me da tanto miedo dejarla sola. Me atormenta la idea de que le pase algo.

Le di un beso en la mejilla y escudriñé su rostro, grabando cada unas de sus facciones en mi mente. Ya me las sabía de memoria pero, sentí la extraña necesidad de observarla con calma, por si para cuando yo volviera hubiese cambiado.

Tras recuperar mi bolso al otro lado, una vez que los rayos X mostraron su inocente contenido a los policías, volví a girarme y le dediqué a mi pequeña hermana una dulce sonrisa. Me devolvió el gesto mostrando sus blancos y perfectos dientes. La vi alejarse y desaparecer entre el gentío.

Una voz femenina resonaba en el edificio a tra-vés de la megafonía:

- “Último aviso a los pasajeros del vuelo número JK5044 con destino a Wellington. Por favor, embarquen por la puerta número 6”.

Apresuré el paso. Estaba claro que aquel aviso iba destinado a los más lentos y despistados. Por desgracia yo entraba en esa categoría.

Una azafata ataviada con el uniforme azul oscuro de la compañía me acompañó a través de un largo pasillo movedizo hasta el interior del avión. Todos los pasajeros estaban ya sentados y con los cinturones abrochados. Antes de encaminarme hacia mi vulgar sitio en turista eché un vistazo a la lujosa primera clase. Los más adinerados del vuelo descansaban en cómodos sofás color granate con amplios reposabrazos. En cada uno de ellos se escondía una pequeña pantalla de televisión para disfrutar del canal que quisieras. Me dio envidia ver tanta fastuosidad. Seguí dirección a mi asiento pensando que nosotros, no gozaríamos de las mismas atenciones por parte de las azafatas que aquellos individuos de alto estánding. 

Por fin encontré mi asiento: fila D, número 4. Cómo no, justo en medio de todo el avión. A ambos lados de mi plaza estaban sentadas dos jóvenes que charlaban animadamente. No me gustó ese sitio, habría preferido sentarme junto a la ventanilla, atontarme con las vistas y dormir de espaldas a toda la gente. No me agradaba la idea de volar tantas horas y ver a los demás tan campantes mientras viajábamos a miles de metros sobre el suelo. Esa idea no me relajaba demasiado.

- Lo que no entiendo es por qué siempre ponen películas tan malas en los aviones. Con lo caro que cuesta el billete ya podría ser mejor el servicio… -la chica sentada a la derecha de mi asiento no paraba de mover un pie. Se notaba que estaba algo nerviosa-.

- Yo he sido precavida y me he traído un libro y varias revistas. Habrá que entretenerse de alguna forma. Estaremos mucho tiempo aquí metidas –la que estaba sentada en el lado izquierdo sacó de su bolso un grueso libro de tapas negras y se lo entregó a su compañera-. Los pilares de la tierra. Creo que tendré tiempo de sobra para leerme por lo menos la mitad.

Ninguna de las dos debió de percatarse de mi presencia. Ni me miraron ni hicieron el más mínimo intento de moverse para facilitarme el paso.

- Perdón… ¿Me dejas pasar por favor? –con el tiempo he descubierto que la buena educación abre muchas puertas-.

- ¡Oh! Perdona, no te había visto. Claro. Pasa, pasa.

La chica del libro se levantó rápidamente y me dejó sentarme en mi sitio. Una vez acomodada puse el bolso a mis pies, bien metido bajo el asiento para que no pudiera moverse con las turbulencias del despegue. Cuando alcé la vista me encontré con una cara sonriente que extendía su mano hacia mí.

- ¡Hola! Yo soy Diana Eisen. Muchísimo gusto. Y esa de ahí, la chica culta, es Vera… Vera…

- Wise. Vera Wise. Es que nos acabamos de conocer, aún no se lo sabe de memoria.

- Yo soy Zoe, mucho gusto.

Ambas me miraban fijamente, examinándome o quizá esperando a que dijese algo más. Caí en la cuenta al instante, aunque me extrañó su curiosidad. Será que no estoy acostumbrada a presentarme a la gente.

- Hmmm… Zoe Ignis.

- ¡Y ya están hechas las presentaciones oficiales! –dijo Diana-. Por cierto, bonito nombre.

Las estudié con cuidado durante unos poco mi-nutos. Diana, que se sentaba a mi derecha, parecía una chica lanzada y directa como claramente había de-mostrado. Su gesto era alegre y se notaba que le gustaba destacar, o por lo menos, así lo indicaba su llamativa ropa. Pensé que los vaqueros rojos y la camiseta amarilla no conjuntaban demasiado. Para mi gusto era algo chillón, pero al fijarme nuevamente, me percaté de que a ella le sentaba sorprendentemente bien. Su media melena caía desenfadada y alocada sobre sus hombros. Sus ojos castaños eran brillantes, llenos de vida y fuerza. Me impactó. Pensé para mis adentros que aquella chica debía de tener una personalidad arrolladora.

A mi izquierda estaba Vera, de expresión más tranquila y madura. Al contrario que Diana, vestía discretamente con unos pantalones oscuros y una sencilla camiseta de tirantes de color blanco. El pelo corto, estaba perfectamente peinado. Todo en ella inspiraba serenidad y orden. Ella también me impactó. Sentí envidia de su personalidad, que parecía tan segura e imponente. La voz de Diana me hizo salir de mi ensimismamiento.

- Y bueno, empecemos por lo básico: ¿Cuántos años tenéis?

- Veinte –contestamos Vera y yo a la vez-.

- Woah… Las tres somos veinteañeras. Qué curioso ¿No? –sus ojos abiertos de par en par hacían ver su sorpresa-.

- La pregunta del millón es: ¿Qué hacen tres chicas como nosotras solas en un avión con destino a la capital neozelandesa?

De nuevo Vera y yo abrimos la boca para hablar al unísono. Esta vez me detuve y le dejé explayarse. 

- Mi padre era neozelandés. No tuve oportunidad de venir aquí con él, pero estoy convencida de que habría querido que conociese su tierra natal. Murió hace diez años. Ya sabéis cómo funcionan los cementerios, al cabo de ese tiempo adiós ataúd y bienvenidas cenizas. Así se ahorra espacio. Me pareció absurdo seguir pagando por tenerle metido en un nicho así que he traído las cenizas conmigo para esparcirlas por el país.

- Me parece una idea genial. Tu padre estaría muy agradecido.

Las palabras de Diana mostraron admiración y sinceridad. Quise contestar algo pero no tenía el mismo desparpajo que ella y no encontraba ninguna palabra que decirle a aquella desconocida que en pocos segundos se me había hecho tan cercana. Me impresionó su fuerza y su decisión. Le sonreí e instintivamente le di un suave apretón en el brazo. 

Sin que nadie preguntase nada, Vera siguió hablando. Se mostraba cómoda contándonos aquello y yo me alegraba de que así fuese.

- Al principio mi madre puso el grito en el cielo. No le gustó nada eso de que viajase sola. Ser hija única hace que sea muy protectora pero con el tiempo lo entendió y me apoyó. El problema es que ahora estará cada media hora llamándome.

- Bueno, el objetivo de las madres es preocuparse. Se acostumbrará y pronto te dejará ir más a tu aire. De todas formas a mi me encantaría que mi madre estuviese así de pendiente de mí –correctas o no, esta vez las palabras salieron sin que las pensase-.

- ¿Tu madre nunca…?

Vera quiso acabar la frase, pero la azafata que se detuvo a nuestro lado interrumpió la conversación.

- Por favor abróchense los cinturones, en breves momentos despegaremos.

En ese momento comenzó la tensión: despegar, elevarse, no pisar tierra firme… El pavor se apoderó de mí. Las chicas y yo decidimos seguir hablando más tarde. Ahora tocaba respirar hondo y agarrarse firmemente al asiento. Estuvimos atentas a las explicaciones de las azafatas que, con los chalecos puestos, nos daban indicaciones de cómo colocarnos las mascarillas, de dónde se encontraban las salidas de emergencias y otra serie de pautas que en caso de accidente la gente ignoraría por completo, presa del pánico. El avión comenzó a moverse lentamente.

A través de las pequeñas ventanas podía ver cómo dejábamos atrás Heathrow, uno de los cuatro imponentes aeropuertos londinenses. Nos encaminábamos hacia una zona abierta y extensa donde una larguísima pista nos esperaba. Se iniciaba la maniobra de despegue. El avión circulaba en línea recta, yendo cada vez más rápido de forma casi imperceptible. 

Me erguí en mi asiento, cerré los ojos y apreté los puños. Unas ligeras turbulencias se dejaron notar y el avión elevó el morro dirección al cielo. Se me hizo eterno. La inclinación del avión era bastante molesta y al cabo de unos minutos agradecí que se estabilizara.

Conseguí relajarme y recuperar el ritmo pausado de mi respiración. La presión había hecho que se me taponasen los oídos pero pasado un rato se acostumbraron a la altitud y los pinchazos y la sordera desaparecieron. 

Eché un último vistazo por la ventanilla, algo alejada de mi asiento, y comprobé que ya empezábamos a romper las primeras nubes al tiempo que el piloto de seguridad de la pared nos indicaba que ya podíamos desabrocharnos los cinturones. Hasta pronto Londres.

- Bueno, sigamos con el interrogatorio sobre nuestras vidas… ¿Por dónde íbamos? ¡Ah claro, por Zoe! ¿Es que acaso tu madre nunca se preocupa por ti? –Diana hizo la pregunta con un tono de incredulidad en su voz, pensando que era imposible que eso fuera cierto-.

- No conozco a mis padres. He vivido siempre en un orfanato hasta que cumplí la mayoría de edad y pude hacerme con la custodia de mi hermana.

- ¿Os dejaron a la vez en el orfanato? ¿Habéis vivido siempre allí?

- No me sé demasiado bien la historia. Parece ser que cuando abandonaron a mi hermana Ruth, mi supuesta madre o quien fuera, dijo que ya había dejado antes a una niña. Dio detalles, fechas y tras unas pruebas confirmaron que éramos parientes.

- Hay que tener valor para desentenderse así de dos niñas.

Tanto Diana como Vera se mostraron bastante indignadas. Sus rostros eran compasivos, algo que a mí nunca me había gustado e intenté quitarle algo de importancia al asunto.

- Por favor no es para tanto. Mi vida no ha sido tan mala. Cuando cumplí los dieciocho conseguí trabajo, pude ahorrar y con ayuda de la gente del orfanato alquilé un piso pequeño pero muy acogedor.

- ¿Tu hermana también trabaja?

- ¡No! Sólo tiene quince años. Me las apaño bien. Y con mi trabajo puedo pagarle el instituto. No nos da para lujos pero no podemos quejarnos. 

No pude evitar sentir cierta nostalgia. Efectiva-mente mi vida había sido complicada y había sufrido mucho pero aún así, que la gente sintiera pena por mí era algo que no soportaba. Yo pude conseguir una vida mejor. Hay quien ni siquiera tiene esa posibilidad. No puedo decir que eche de menos vivir allí. Despertarse cada mañana en aquel lugar suponía darse cuenta de que no tenías nada, sin embargo, recuerdo con cariño a las cocineras, a la directora y a alguna de las monjas que con su hábito paseaban de arriba abajo, repartiendo sonrisas y dándonos el cariño que nos faltaba. Recuerdo los juegos en el gran patio trasero, las largas discusiones y rabietas porque no queríamos irnos a dormir, el olor añejo del edificio y el color esmeralda de los árboles en primavera. No recomiendo a nadie aquella solitaria vida, siempre a la espera de alguien que desee acogerte. Pero quiera o no, esa ha sido mi vida, mi infancia. Con sus mejores y peores momentos, algunos muy duros.

Yo soy optimista y alegre y creo que nunca nada es tan malo como parece. Quizá esté mal decirlo, pero me siento orgullosa de mí misma. He trabajado día sí y día también para conseguir la libertad que tanto ansiaba para mí y para la peque. Ahora todo marcha bien. El pasado no me interesa.

La voz de Diana me hizo despertar y dejar a un lado aquellos melancólicos recuerdos.

- Tienes mucho coraje. Creo que es admirable –me mostró una sonrisa amplia, verdadera. Se la devolví sin ninguna dificultad. Me sorprendió a mí misma lo sencillo que era hablar con ellas-.

Vera siguió indagando.

- Ahora te toca a ti decir por qué estás en este avión viajando a un lugar que está a miles de kilómetros de tu casa. Lo siento pero la curiosidad me está matando.

- ¡Eres una cotilla! –Diana le lanzó una de las pequeñas almohadas a la cabeza y ambas comenzaron a reírse. Yo me uní a sus carcajadas ya que, al estar en medio, me llevaba la mitad de los almohadazos-. 

- ¡Que sepas que tú eres la siguiente! ¡Aquí todas pasamos por el tercer grado! –tuvieron que pasar varios minutos y varias miradas enfadadas por parte de alguno de los pasajeros para que nos calmásemos-.

- Bueno, pues a ver… trabajo en una pequeña empresa. El propietario ha decidido vender el negocio familiar e irse a vivir con su mujer neozelandesa y sus dos hijos. La situación me perjudicaba bastante pero afortunadamente, me llevo muy bien con el dueño y con su esposa. Me he esforzado mucho y he cuidado en numerosas ocasiones de sus niños. Así que mientras él mueve contactos en Londres para que me acepten en alguna empresa que le deba un favor o en la de algún conocido suyo, pues me ha pedido que le ayude a montar su nuevo negocio en Wellington. Así mientras tanto sigo ganando algo de dinero.

- Huy huy huy… cuántos favores veo yo ahí ¿Eh? -Diana me lanzó una mirada pícara y empezó a darme codazos a modo de burla. No pude evitar sonreír-.

- ¡No te confundas! Él también estuvo en el mismo orfanato. Las monjas me dijeron que era una buena persona y que me ayudaría. De hecho, ha sido él quien ha conseguido trabajo a muchos de los jóvenes que abandonaron el hospicio. Siempre media por nosotros. Es muy trabajador y tiene contactos, aunque la cosa no es tan fácil. Por eso he decidido venir. Necesito el dinero.

Quise dejar ya la historia de mi vida y pasar a otra cosa. Me giré mirando a Diana. Vera me imitó.

- ¿Y tú qué? ¿Cuál es el motivo de irte a otro continente?

- La rebeldía –Diana nos miró encogiendo los hombros como diciendo “esto es lo que hay”-.

- Explícate mejor –a Vera le resultaba difícil de entender-.

- Mis padres trabajan mucho. Nuestro nivel de vida es bastante bueno y precisamente por eso, me consideran una niña acomodada que no da palo al agua. Pero se equivocan. Para empezar, casi nunca están en casa, es imposible que me conozcan. Por ello decidí alejarme lo máximo que pudiera y demostrarles que me las puedo apañar solita, buscando trabajo y dominándome en un lugar extraño.

- Yo te veo muy capaz de hacerlo, de hecho no tengo ninguna duda de que te irá bien.

- Gracias. Sé que os he caído bien pero no es necesario ser tan pelota –su tono irónico nos hizo reír y nuevamente hubo una batalla de mini-almohadas-.


Al cabo de un par de horas de charla ya éramos como amigas de toda la vida. Me asombró la conexión que habíamos establecido pese a tener vidas tan distintas y personalidades tan opuestas. Había algo que nos unía, que nos hacía entendernos a la perfección. Suelo ser una persona difícil y cerrada, pero con estas chicas era distinto. Me sentía bien, me sentía identificada. Me agradaba el interés que mostraban en mí, al igual que yo en ellas. Sabíamos que teníamos un tiempo limitado y queríamos saber todo de nosotras. Pensé que definitivamente, aquel viaje había sido un acierto.

- ¿Estaréis mucho tiempo en Wellington? 

- Uno o dos meses, no creo que más –respondí esperando que verdaderamente sólo fuese ese tiempo. No quería que mi hermana estuviera sin vigilancia tantas semanas-. Depende de cómo me vayan las cosas. Espero encontrar trabajo pronto y quedarme unos dos o tres meses por lo menos.

Vera se quedó callada con la mirada perdida y los labios fruncidos meditando sobre algo, absorta en sus pensamientos.

- ¿En qué piensas tan detenidamente?

- Bueno… estaba pensando en una cosa. Pero es una chorrada, olvidadlo –al segundo Diana y yo la fulminamos con la mirada, instándola a que continuase hablando. No pude evitar levantar ligeramente una ceja-.

- Es que ahora que os he conocido pues… quizá eso de ir por ahí sola no sea tan divertido…

- Ajam… ¿Y qué más? –Diana gesticulaba con las manos para que siguiera-.

- Quizás… y sólo quizás… si tuvieseis algunos poquitos días libres, podríais venir conmigo. Así recorreríamos algunas ciudades. Yo cumpliría mi misión y todas nos lo pasaríamos bien. Lo mismo estoy siendo muy atrevida.

Como siempre, Diana se lanzó la primera a con-testar con entusiasmo.

- ¡Por mí estupendo! En vez de buscar curro esta semana lo busco la que viene.

- No eres una atrevida. A mí me fascina la idea. Conseguiré convencer a mi jefe para que me dé unos días. Será divertido.

En otra época o con otras personas sí me habría parecido un atrevimiento, pero de hecho, la idea me pareció magnífica y no se me ocurría nadie mejor con quien hacer una escapadita que con ellas, con quien había hecho tanta amistad en tan poco tiempo.

Las horas seguían pasando y ni el sueño ni el cansancio hicieron que nosotras dejásemos de hablar. Seguíamos conociéndonos a una velocidad trepidante. Durante un rato nos recostamos en nuestros asientos para ver cómodamente la película que retransmitían en el avión tras la hora de la cena, pero no pudimos librarnos de la necesidad de comentar cada una de las escenas con sonoras carcajadas. Vera nos enseñó las numerosas fotos de su cartera. Nos permitió conocer su pasado y disfrutar con las anécdotas de su vida. Diana nos hizo pensar con todas sus teorías filosóficas y con el entusiasmo que mostraba por cada uno de los detalles de la vida. Yo las hablé de mi hermana, de mis aventuras y desventuras a la hora de sobrevivir sola en una gran ciudad. No quedó ni un solo tema sobre el que no hablásemos: el tiempo, la moda, la televisión, la infancia, los amores, la familia… Todo fue contado con detalle y escuchado con gran fascinación. Nos fuimos calmando conforme estábamos más cerca de nuestro destino. Volábamos ya sobre Wellington y en pocos minutos aterrizaríamos. 

Las azafatas nos indicaron que nos abrochá-semos los cinturones y pusiésemos los respaldos en posición vertical. Todo el mundo estaba ahora despierto y atento a cada cosa que se veía por la ventanilla.

Volví a ser un manojo de nervios cuando sentí cómo la velocidad del avión disminuía y descendíamos poco a poco. Unos minutos y todo habría pasado. In-tenté relajarme pensando en positivo. Sin embargo el optimismo se desvaneció enseguida.

Comprobé al borde del ataque de pánico, cómo las azafatas corrían de un lado a otro con la incertidumbre y el miedo escritos en sus rostros. El resto de pasajeros se inquietó. Las chicas y yo nos miramos asustadas. Escuché extraños ruidos a la vez que el avión sufría ligeras sacudidas. Estábamos a pocos metros del suelo.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.